Entre enero y marzo de 2003, Madrid vivió una cadena de asesinatos sin conexión aparente entre las víctimas. El responsable era Alfredo Galán, un joven exmilitar que acabaría siendo conocido como el “asesino de la baraja”.
El terror del caso nació precisamente de la ausencia de un patrón claro. Sus víctimas podían ser hombres o mujeres, españoles o extranjeros, personas solas o grupos. La policía buscaba una lógica que, aparentemente, no existía.
El primer crimen
El 24 de enero de 2003, Juan Francisco Ledesma, portero de una finca de la calle Alonso Cano de Madrid, fue asesinado. La munición empleada llamó la atención de los investigadores por su rareza en España.
Doce días después se produjo otro asesinato. Poco después, una nueva acción criminal en un bar de Alcalá de Henares aumentó la presión. La policía empezó a sospechar que no estaba ante hechos aislados.
Las cartas y el nacimiento de un nombre
En algunos escenarios aparecieron naipes. Los medios construyeron a partir de ese detalle la figura del “asesino de la baraja”. El apodo se convirtió en una marca pública del caso y aumentó la sensación de que un homicida imprevisible estaba actuando por Madrid.
La investigación se centró en balística, movimientos geográficos y patrones de actuación. El arma nunca llegó a aparecer.
Una elección aparentemente aleatoria
Lo que desconcertaba a los investigadores era que las víctimas no compartían un vínculo evidente. Galán podía actuar de día o de noche, en interiores o exteriores. Esa falta de conexión hacía extremadamente difícil anticipar su siguiente movimiento.
El caso convirtió la rutina diaria en una amenaza abstracta. No había un perfil de víctima claro y cualquiera podía imaginar que podría cruzarse con el asesino.
La entrega
El 3 de julio de 2003, Alfredo Galán se presentó en una comisaría de Puertollano y confesó los crímenes. Su entrega puso fin a una de las búsquedas policiales más intensas de aquellos meses.
Fue condenado por seis asesinatos y varios intentos de asesinato. La justicia cerró la autoría, pero el motivo profundo de sus actos siguió siendo objeto de análisis psicológico y criminológico.
Un caso único en la historia criminal reciente
El asesino de la baraja quedó como una excepción dentro de la crónica negra española: un asesino en serie que empleaba un arma de fuego, elegía víctimas sin relación aparente y actuaba de forma extremadamente variable.
Más de dos décadas después, el caso continúa estudiándose no por una incógnita sobre quién fue el responsable, sino por otra más difícil de responder: qué llevó a Alfredo Galán a convertir a desconocidos en objetivos de una violencia completamente arbitraria.