El 28 de junio de 1910, Bernardo González Parra, un niño de siete años, fue secuestrado en la provincia de Almería y llevado a un cortijo aislado. Lo que ocurrió después convirtió el llamado crimen de Gádor en uno de los episodios más estremecedores de la historia criminal española.
El origen del caso estuvo en la desesperación de Francisco Ortega, conocido como el Moruno, enfermo de tuberculosis. Buscando una cura, acudió a personas que practicaban remedios supersticiosos. La solución propuesta fue brutal: utilizar la sangre y tejidos de un niño como supuesto tratamiento.
El secuestro de Bernardo
Francisco Leona Romero y Julio Hernández fueron señalados como quienes localizaron y secuestraron al menor. Bernardo fue introducido en un saco y trasladado hasta un cortijo apartado, donde se consumó el crimen.
La investigación avanzó con rapidez porque la desaparición del niño provocó una intensa movilización. Las sospechas terminaron concentrándose en los implicados y la historia de la supuesta cura salió a la luz.
Un crimen entre superstición y miseria
El caso reveló una realidad social marcada por la pobreza, la falta de acceso a tratamientos médicos y la persistencia de creencias populares. La tuberculosis era entonces una enfermedad devastadora, y alrededor de ella proliferaban curanderos y remedios sin base científica.
La muerte de Bernardo causó una enorme indignación. La prensa difundió los detalles del proceso y convirtió el caso en un símbolo de hasta dónde podían llevar la ignorancia, la superstición y la desesperación.
El juicio
Los acusados fueron llevados ante la justicia y el proceso fue seguido con enorme expectación. La responsabilidad de cada uno, quién había ideado el plan y quién había ejecutado cada acción fueron objeto de un debate que ocupó páginas enteras en los periódicos.
Más de un siglo después, el crimen de Gádor continúa siendo recordado como una de las historias más oscuras de la España rural de comienzos del siglo XX. La figura del llamado «hombre del saco» quedó incluso vinculada en el imaginario popular a sucesos de este tipo.
Una herida que sigue formando parte de la memoria
Bernardo González no fue una leyenda ni un personaje de ficción. Fue un niño real cuya muerte quedó atrapada entre supersticiones y una sociedad vulnerable. Su nombre sigue apareciendo en estudios históricos y jurídicos como recordatorio de un crimen que conmocionó a todo un país.