En agosto de 1910 desapareció José María Grimaldos, un pastor conocido como «El Cepa», en la provincia de Cuenca. La ausencia de un cadáver no impidió que dos hombres, Gregorio Valero y León Sánchez, acabaran convertidos en asesinos ante la justicia. Años después, la realidad demostraría que el crimen nunca había existido.
La desaparición comenzó rodeada de rumores. Grimaldos había vendido unas ovejas y llevaba dinero consigo. En el pueblo circuló pronto la versión de que había sido asesinado para robarle. Las sospechas cayeron sobre dos hombres de su entorno, a quienes se atribuían burlas y conflictos con él.
Un sumario reabierto
La primera investigación terminó sin pruebas suficientes. Sin embargo, el caso fue reabierto tiempo después y la presión sobre los sospechosos aumentó de forma brutal. Gregorio Valero y León Sánchez fueron interrogados y sometidos a malos tratos hasta que acabaron confesando un homicidio que no habían cometido.
La ausencia de un cuerpo, lejos de frenar el proceso, fue interpretada como parte de la supuesta habilidad de los acusados para ocultar el delito.
Condenados sin cadáver
Los dos hombres fueron juzgados y condenados. Pasaron años en prisión por la muerte de una persona de la que no existía ninguna prueba física. El caso dejó al descubierto la enorme fragilidad de una investigación construida sobre rumores, declaraciones obtenidas bajo presión y una convicción previa de culpabilidad.
El muerto que regresó
La historia dio un giro extraordinario cuando José María Grimaldos reapareció vivo. No había sido asesinado. Había abandonado la zona y rehecho su vida sin que las autoridades lo supieran. Su regreso convirtió la condena de Valero y Sánchez en un escándalo nacional.
La justicia tuvo que anular las condenas y reconocer el error. Los dos hombres habían perdido años de libertad por un delito inexistente.
Un caso que cambió la memoria judicial española
El crimen de Cuenca se transformó en sinónimo de error judicial. Su historia fue estudiada por juristas, periodistas y escritores y, décadas después, inspiró una conocida película que volvió a poner el foco en las torturas y abusos cometidos durante la investigación.
Más de un siglo después, el caso continúa siendo una advertencia sobre el peligro de construir una investigación desde una conclusión previa. No hubo asesinato, no hubo cadáver y, sin embargo, hubo dos condenados. Esa contradicción explica por qué el crimen de Cuenca sigue ocupando un lugar central en la crónica negra española.