La mañana del 2 de julio de 1888, los vecinos del número 109 de la calle Fuencarral de Madrid alertaron a la policía por un incendio. Dentro de la vivienda apareció el cadáver de Luciana Borcino, viuda de Vázquez Varela. Estaba muerta y parcialmente quemada. En una habitación cercana se encontraba su criada, Higinia Balaguer, aparentemente inconsciente.
El caso se convirtió de inmediato en una obsesión nacional. La víctima pertenecía a una familia acomodada, había signos de violencia y la escena parecía construida para confundir a los investigadores.
Una casa cerrada y demasiadas preguntas
La policía encontró a la criada bajo los efectos de un narcótico. También había un perro en la vivienda. La pregunta principal era sencilla: si Higinia no era responsable, ¿quién había entrado y salido del piso sin levantar sospechas?
Las declaraciones fueron cambiando y aparecieron otros nombres. Las sospechas alcanzaron al hijo de la víctima y a personas vinculadas a la Cárcel Modelo, lo que dio al caso un componente todavía más explosivo.
La prensa convierte el crimen en espectáculo
Los periódicos siguieron cada giro del sumario. El público discutía la culpabilidad de Higinia en cafés y tertulias. Benito Pérez Galdós escribió varias crónicas sobre el proceso para el diario argentino La Prensa, dejando uno de los testimonios periodísticos más famosos de la época.
El juicio mostró hasta qué punto la opinión pública podía dividirse ante un crimen. Para unos, la criada era una asesina fría; para otros, podía estar cargando con una responsabilidad mayor de la que realmente le correspondía.
La condena de Higinia Balaguer
Higinia terminó siendo considerada culpable y fue ejecutada en 1890. Su muerte cerró judicialmente el caso, pero no acabó con las preguntas sobre posibles cómplices, presiones e intereses ocultos.
El nacimiento de la gran crónica criminal moderna
El crimen de Fuencarral es recordado no solo por el asesinato, sino por la forma en que fue contado. La prensa siguió el proceso casi en tiempo real, convirtió a sus protagonistas en personajes públicos y creó una conversación nacional alrededor de un sumario judicial.
Más de 130 años después, sigue siendo una referencia para entender cómo nació la crónica negra moderna en España: un cadáver, una casa cerrada, una acusada que dividió a la sociedad y un escritor como Galdós observando de cerca el espectáculo de la justicia y los periódicos.