El 8 de marzo de 2000, dos viviendas situadas en el distrito Este de Málaga quedaron unidas por la misma investigación criminal. Eduardo Bermúdez, dueño de un bar de copas, fue asesinado en las inmediaciones de su apartamento del paseo de la Sierra, en Cerrado de Calderón. A poca distancia, en la calle Pintor Sorolla, también mataron a su antigua pareja, Susana Segalerva. La reconstrucción policial vinculó ambos crímenes, que se habían cometido en una misma madrugada.
Eduardo, de 43 años, había cerrado su establecimiento, el pub La Casa, a última hora de la noche. Según las primeras pesquisas, varias personas lo acompañaron a su domicilio. Allí se produjo una agresión con arma blanca y disparos. El hombre intentó escapar, pero fue alcanzado de nuevo y murió a unos 65 metros del apartamento. La Policía Científica inspeccionó el inmueble y sus inmediaciones en busca de huellas y otras pruebas.
Dos domicilios y una misma investigación
Eduardo Bermúdez había cerrado el pub La Casa y regresado a su vivienda de Cerrado de Calderón. La reconstrucción difundida en marzo de 2000 situó a varias personas con él durante las horas previas a su muerte. La Policía encontró señales de violencia dentro del apartamento y en el recorrido por el que trató de escapar. Los disparos terminaron con su vida a cierta distancia de la vivienda. En aquel primer momento todavía quedaban muchas preguntas sin respuesta.
El segundo escenario era un domicilio de la calle Pintor Sorolla, donde murió Susana Segalerva, antigua pareja de Eduardo. Tenía 31 años y ambos compartían un hijo pequeño, según las informaciones publicadas entonces. El hecho de que las dos víctimas hubieran mantenido una relación llevó a la Policía a investigar conjuntamente los asesinatos, aunque resultaba indispensable aclarar cómo se sucedieron y quiénes habían intervenido.
La autopsia modificó las primeras hipótesis
Los datos forenses resultaron especialmente relevantes. Susana había recibido nueve disparos; Eduardo presentaba heridas de bala y lesiones causadas por arma blanca. Esa información permitió precisar la violencia empleada, pero no bastaba por sí sola para reconstruir todo lo que ocurrió entre un domicilio y otro. Los investigadores tuvieron que contrastar testimonios, horarios, indicios materiales y las circunstancias en las que se hallaron ambos cuerpos.
En las primeras horas se barajaron diferentes secuencias. La localización de unos guantes manchados de sangre cerca de la casa de Eduardo llevó a los agentes a plantear la posibilidad de que Susana hubiera muerto antes que él. Era una hipótesis de investigación, no una conclusión firme que pudiera darse por cerrada al día siguiente de los crímenes. Separar lo que se sabía de lo que aún se intentaba aclarar resulta imprescindible al recuperar un caso de archivo.
También se examinó la forma en que los agresores habrían accedido a los inmuebles. Las crónicas de aquellos días indicaban que las puertas no presentaban signos de haber sido forzadas, una circunstancia que hizo pensar a los investigadores que las víctimas podían conocer a quienes entraron. Esa inferencia orientó las pesquisas, pero no identifica por sí misma a ningún responsable.
Las detenciones de abril
Durante las semanas siguientes, los agentes continuaron investigando el doble asesinato. En abril se conocieron dos detenciones: un joven de 18 años y un menor de 16 fueron arrestados como presuntos participantes. La Policía seguía buscando entonces a una tercera persona. Las detenciones se produjeron más de un mes después de las muertes y mostraron que la causa seguía abierta, lejos todavía de una reconstrucción judicial definitiva.
Los investigadores manejaban la posibilidad de que un robo relacionado con drogas estuviera detrás de los hechos. Aquella línea fue trasladada a la prensa en fase policial, pero no debe confundirse con un móvil declarado probado en sentencia. Tampoco corresponde convertir a los detenidos en culpables por el mero hecho de haber sido arrestados. Las noticias localizadas permiten documentar las actuaciones iniciales y las detenciones, no establecer el desenlace final de todos los procedimientos.
El peso de una historia que no puede simplificarse
Este doble crimen dejó dos víctimas, dos lugares separados de Málaga Este y una investigación de enorme complejidad. Eduardo y Susana fueron identificados en la prensa por sus nombres y edades, pero no hay que perder de vista que detrás del expediente había familias y un hijo común. Tampoco resulta responsable convertir las primeras versiones de los investigadores en un relato cerrado cuando la documentación de archivo consultada no aporta una sentencia firme sobre el caso.
Volver a marzo de 2000 exige conservar las fechas, las pruebas forenses y la secuencia conocida, a la vez que se reconocen sus límites. El interés de la historia no necesita adornos: dos asesinatos durante la misma madrugada, una conexión entre las víctimas y unas pesquisas que llevaron a varias detenciones bastan para explicar por qué el caso marcó la crónica negra de Málaga.