Fue cajista de imprenta, soldado durante años y legionario en Marruecos. Después se convirtió en uno de los personajes más reconocibles de la Málaga de los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Cada vez que golpeaba el suelo con el pie y pronunciaba «Y dice Matías», la calle se detenía para escucharlo.
Había ocasiones en las que bastaba descubrir un corrillo de personas en una esquina del centro de Málaga para saber quién estaba en medio. No había escenario, micrófono ni programa anunciado. El escenario era la propia calle.
Matías Ortega Ruiz comenzaba a hablar. Podía hacerlo de Málaga, de las mujeres, de la política, de las cosas que había visto durante su vida, de África, de cualquier acontecimiento cotidiano o simplemente de una idea que acababa de cruzársele por la cabeza. Improvisaba, mezclaba recuerdos y ocurrencias y convertía una esquina cualquiera en una peculiar tribuna.
Después llegaba el gesto que varias generaciones de malagueños conservaron en la memoria: un fuerte zapatazo contra el suelo y una frase que acabaría siendo inseparable del personaje:
«Y dice Matías…»
Detrás del personaje callejero había, sin embargo, una historia mucho más compleja de lo que podía imaginar quien únicamente lo conociera de sus discursos: una infancia humilde en Málaga, trabajos en una imprenta, largos años vinculados al Ejército, campañas militares en Marruecos, la Legión, condecoraciones, periodos hospitalizado y finalmente varias décadas convertido en uno de los personajes más populares de la ciudad.
Matías Ortega Ruiz, el hombre detrás del personaje
Las reconstrucciones biográficas disponibles sitúan el nacimiento de Matías Ortega Ruiz en Málaga en 1889, concretamente en calle Huerto de Monjas, en el entorno de La Goleta y El Molinillo.
Era hijo de un sereno. Estudió con los Salesianos hasta aproximadamente los catorce años y después comenzó a trabajar como recadero en el despacho de un abogado, donde habría permanecido varios años.
Su siguiente oficio resulta especialmente interesante para entender la figura que acabaría siendo. Matías aprendió el trabajo de cajista de imprenta, una profesión que entonces exigía componer manualmente los textos que acabarían impresos en los periódicos. Trabajó como aprendiz en El Popular y, alrededor de los 21 años, se trasladó a Antequera para continuar trabajando en ese oficio.
Antes de convertirse en aquel hombre que pronunciaba discursos en las esquinas, por tanto, Matías había tenido contacto directo con las palabras, con los tipos de imprenta y con los periódicos.
1913: comienza una vida militar que duraría años
En 1913 llegó el servicio militar. Las investigaciones biográficas sobre Matías sostienen que posteriormente se reenganchó y permaneció alrededor de dieciséis años vinculado al Ejército, primero en unidades relacionadas con el Regimiento África y posteriormente en el Tercio de Extranjeros, la futura Legión.
Distintas reconstrucciones lo identifican como sargento de la Legión. El hombre al que décadas después algunos niños seguían por las calles de Málaga para escuchar sus ocurrencias había participado anteriormente en las campañas militares españolas en el norte de África.
Una carta de Matías desde la Legión en 1921
En septiembre de 1921, en plena guerra de Marruecos, La Unión Mercantil publicó una carta firmada por Matías Ortega Ruiz, identificado como un «legionario malagueño».
En aquella carta, escrita en un tono completamente diferente al Matías humorístico de las décadas posteriores, proclamaba:
«Soy legionario, que jamás me gustó otra cosa en la vida, que combatir y defender a mi Patria».
La referencia resulta especialmente importante porque no estamos únicamente ante recuerdos transmitidos décadas después. Existe una publicación periodística contemporánea que relaciona directamente a Matías Ortega Ruiz con la Legión durante las campañas de Marruecos.
Las condecoraciones militares de Matías
Algunas biografías locales aseguran que Matías recibió ocho medallas al valor durante sus campañas en África y atribuyen a algunas de sus actuaciones el salvamento de compañeros y la consecución de objetivos militares particularmente difíciles.
Otras fuentes institucionales son más prudentes y se limitan a señalar que fue combatiente en las guerras de Marruecos y que recibió varias condecoraciones pensionadas por su actuación militar.
Por ello conviene separar ambos niveles documentales: su condición de militar y legionario está ampliamente respaldada; las fuentes biográficas hablan de numerosas condecoraciones y algunas concretan ocho, aunque el número y denominación exactos requerirían consultar su expediente militar completo.
De la guerra a una vida completamente diferente
En algún momento la trayectoria de Matías cambió radicalmente. Distintas fuentes hablan de problemas psiquiátricos y de ingresos tanto en Santa Águeda, en San Sebastián, como posteriormente en el Hospital Civil Provincial de Málaga.
Las fuentes no siempre utilizan la misma terminología clínica. Algunas hablan de parafrenia y otras de esquizofrenia. Sin acceso al expediente médico original no resulta adecuado convertir ninguna de esas denominaciones en un diagnóstico definitivo.
Lo que sí aparece repetidamente documentado es que Matías pasó largos periodos en instituciones psiquiátricas y especialmente en el pabellón correspondiente del Hospital Civil.
La Real Academia de Bellas Artes de San Telmo lo describe como un huésped recurrente del pabellón 21 del Hospital Civil Provincial San Juan de Dios, conocido popularmente como el «Psiquiátrico de los Pobres».
Su historia militar y su posterior vida hospitalaria constituyen probablemente los dos capítulos menos conocidos por quienes únicamente recuerdan al Matías de las calles.
El nacimiento del Matías que recordaría Málaga
Fue especialmente durante los años cincuenta y sesenta cuando su presencia se convirtió en una estampa habitual del centro de Málaga.
Calle Nueva, Puerta del Mar, Carretería, Pozos Dulces y calle Larios, entre otras vías del casco urbano, aparecen repetidamente en los recuerdos de quienes lo conocieron.
Matías caminaba bien vestido. Las descripciones coinciden en que cuidaba su apariencia: chaqueta, pañuelo en el bolsillo, sombrero en determinadas épocas y una actitud educada.
No correspondía exactamente con la imagen de marginación extrema que acompañó a otros personajes populares malagueños. Su principal instrumento era la palabra.
Se detenía, comenzaba a hablar y poco a poco se formaba el corrillo. Testimonios posteriores recuerdan que la gente podía reírse inicialmente de alguna de sus ocurrencias, pero también que Matías conseguía terminar imponiendo una especie de respeto.
«Y dice Matías»
Su forma de hablar terminó siendo inseparable de una frase: «Y dice Matías».
Las variantes transmitidas por la memoria oral son varias: «Y dice Matías», «Y lo dice Matías» o expresiones similares. Pero el ritual era prácticamente el mismo.
Matías interrumpía su discurso, golpeaba con fuerza el suelo con el pie y pronunciaba la frase antes de continuar. Aquella coletilla acabó sobreviviendo al propio hombre.
Décadas después de su muerte, todavía muchos malagueños saben perfectamente quién era cuando se menciona simplemente a «Matías».
El hombre que hablaba con los balcones
También existía otro elemento característico: Matías establecía conversación con quienes lo observaban desde ventanas y balcones.
Una de las anécdotas más repetidas cuenta que pedía un alfiler y, ante el riesgo de que se perdiera al arrojarlo desde arriba, respondía aproximadamente:
«Pínchalo en un bollo para que no se pierda».
Es difícil reconstruir décadas después cada conversación exactamente como ocurrió. La tradición oral modifica frases y añade detalles, pero la reiteración de determinados episodios demuestra hasta qué punto su capacidad para improvisar quedó grabada en la ciudad.
Un personaje conocido, pero no un hombre violento
Esta parte resulta especialmente interesante cuando se compara a Matías con la imagen que posteriormente se proyectó sobre otros personajes callejeros.
Antonio Santiago González Villena, autor de una de las investigaciones más amplias sobre su vida, destacó que no constaban episodios de peleas, borracheras ni una vida dedicada a pedir limosna.
Según esa reconstrucción, Matías mantenía una extraordinaria educación personal incluso cuando era objeto de bromas. Algunos niños podían seguirlo, imitarlo o provocarlo. La respuesta característica volvía a ser aquel zapatazo y, de nuevo, su célebre frase.
Eulogio Rosas lo convirtió también en pintura
Su popularidad llegó igualmente al mundo artístico. El pintor Eulogio Rosas lo retrató en al menos dos ocasiones según las investigaciones dedicadas a su vida.
Uno de aquellos cuadros llegó a exponerse en un establecimiento de calle Larios. Matías había dejado de ser simplemente un vecino peculiar: se había convertido en un «tipo malagueño», una figura identificable inmediatamente por una parte importante de la población.
El Hospital Civil, principio y final de muchos capítulos
El Hospital Civil aparece constantemente en su biografía. Entraba y salía. Pasaba temporadas allí y después volvía a las calles.
Existen también relatos que aseguran que recorrió distintos puntos de España y que obtenía dinero participando en partidas de cartas entre algunas de sus estancias hospitalarias, aunque este extremo procede de reconstrucciones posteriores y debe considerarse con mayor cautela.
Lo que sí resulta mucho más sólido es que el mismo Hospital Civil en el que pasó buena parte de su vida acabaría siendo también el lugar donde murió.
23 de febrero de 1971
Matías Ortega Ruiz murió el 23 de febrero de 1971 en el Hospital Civil de Málaga. Tenía alrededor de 81 años.
Con él desaparecía físicamente una de las figuras callejeras más conocidas de la Málaga de mediados del siglo XX.
Sobre su lugar exacto de enterramiento, sin embargo, la documentación consultada hasta ahora no permite ofrecer un dato suficientemente contrastado. No aparece en las fuentes revisadas un cementerio, nicho o sepultura que pueda atribuirse con seguridad a Matías Ortega Ruiz. Es uno de los aspectos que todavía merece una investigación específica en los registros funerarios malagueños.
Dos libros dedicados a Matías
La memoria de Matías no desapareció. El historiador y periodista Julián Sesmero Ruiz publicó en 2004 Días de guerra y locura en la vida de Matías Ortega Ruiz, editado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Málaga.
La obra tiene 86 páginas e incluye un apéndice documental y gráfico.
Años después, Antonio Santiago González Villena profundizó todavía más en su figura con ¿Quién llamó loco a Matías?, una biografía construida, entre otras fuentes, a partir de correspondencia del propio protagonista.
Muy pocos de aquellos personajes populares de la Málaga del siglo XX han dejado detrás una documentación biográfica semejante.
Matías volvió al Teatro Echegaray
Su vida también terminó convertida en teatro. En 2010, dentro del Festival de Teatro de Málaga, el Teatro Echegaray acogió una lectura escenificada de Días de guerra y locura en la vida de Matías Ortega Ruiz, dirigida por Óscar Romero y basada en el texto de Julián Sesmero.
La recuperación teatral demostraba que, décadas después de su muerte, Matías seguía formando parte del imaginario de Málaga.
También tuvo una comparsa en el Carnaval de Málaga
La cultura popular volvió a recuperarlo en 1997. José Manuel Rengel dedicó a su figura la comparsa El Loco Matías, que llevó al carnaval malagueño la imagen del hombre que recorría las calles repartiendo frases, filosofía cotidiana y ocurrencias.
Matías, El Lengua y Mariquilla: tres formas distintas de una misma Málaga
Décadas después, Matías volvió a aparecer junto a El Lengua, Mariquilla la Loca, Carolina Turbante y El Piyayo en el documental Ilustres majaras, de Dita Segura y Carlos López.
El trabajo recuperó precisamente la memoria de aquellos personajes que durante años formaron parte del paisaje humano de la ciudad.
Y ahí aparece el vínculo que permite entender conjuntamente las historias que estamos recuperando en El Caso Málaga.
El Lengua, Mariquilla y Matías fueron personas completamente diferentes y pertenecieron a generaciones ligeramente distintas. Pero compartieron algo: la Málaga de entonces convertía determinadas vidas en personajes públicos sin que hubiese televisión, redes sociales ni fama en el sentido actual. Bastaba caminar durante años por las mismas calles.
Todo el mundo acababa conociéndolos. Unos los ayudaban. Otros se reían. Los niños inventaban historias. Los mayores repetían anécdotas. Y después la memoria oral hacía el resto.
Matías no era únicamente «el loco de los discursos»
Reducirlo a aquella imagen sería quedarse únicamente con el último capítulo.
Antes del zapatazo hubo un niño de Huerto de Monjas. Hubo un alumno de los Salesianos. Hubo un recadero. Hubo un cajista de imprenta. Hubo un joven que se marchó a Antequera. Hubo un soldado. Hubo un legionario que en 1921 escribía desde el contexto de la guerra de Marruecos. Hubo condecoraciones militares. Hubo hospitales.
Y finalmente hubo un hombre que consiguió algo extraordinario: transformar una esquina cualquiera de Málaga en un pequeño escenario simplemente comenzando a hablar.
Más de medio siglo después de su muerte, aquella frase continúa siendo suficiente para devolverlo a la memoria:
«Y dice Matías…»
Fuentes y documentación consultada
- Archivo Municipal de Málaga: catálogo bibliográfico y referencia de Días de guerra y locura en la vida de Matías Ortega Ruiz, de Julián Sesmero Ruiz.
- Real Academia de Bellas Artes de San Telmo: referencias biográficas y recuperación teatral de la figura de Matías.
- La Unión Mercantil, septiembre de 1921: carta atribuida a Matías Ortega Ruiz durante su etapa como legionario.
- Antonio Santiago González Villena: investigaciones biográficas sobre Matías Ortega Ruiz y ¿Quién llamó loco a Matías?.
- Festival de Málaga: documentación del documental Ilustres majaras.
- Fundación Ciudadana del Carnaval de Málaga: referencias a la comparsa El Loco Matías.