Durante la segunda mitad del siglo XIX, los alrededores de Vitoria quedaron marcados por una serie de asesinatos atribuidos a Juan Díaz de Garayo. Su nombre acabaría unido al apodo de «Sacamantecas», una figura que mezcló delitos reales con el miedo popular y que terminó entrando en el folclore criminal español.
Garayo era un jornalero de origen humilde. Las víctimas fueron principalmente mujeres atacadas en caminos y zonas rurales, espacios donde la ausencia de testigos complicaba enormemente cualquier investigación.
Una cadena de muertes
Los crímenes se extendieron durante años. La policía de la época carecía de técnicas modernas para relacionar casos ocurridos en distintos momentos, de modo que la existencia de un mismo responsable tardó en convertirse en una hipótesis sólida.
Los relatos sobre las víctimas y la violencia empleada comenzaron a circular de pueblo en pueblo. El miedo creció y el nombre de un asesino desconocido se convirtió en parte de las conversaciones cotidianas.
La detención de Garayo
Las sospechas acabaron concentrándose en Juan Díaz de Garayo. Tras su arresto, los interrogatorios y las confesiones permitieron relacionarlo con varias muertes. La justicia lo consideró responsable de seis asesinatos y otros ataques.
El proceso despertó un enorme interés porque coincidía con una época en la que la criminología empezaba a buscar explicaciones científicas a comportamientos violentos repetidos.
El nacimiento del «Sacamantecas»
La prensa y la tradición oral transformaron a Garayo en algo más que un asesino. El apodo «Sacamantecas» conectaba con antiguos relatos utilizados para asustar a los niños y con la idea de criminales que extraían grasa humana. Muchas de esas historias no formaban parte de los hechos probados del proceso.
Condena y ejecución
Garayo fue condenado a muerte y ejecutado en Vitoria en 1881. Su fallecimiento cerró el expediente judicial, pero no la leyenda.
Su figura continúa apareciendo en estudios sobre criminalidad histórica porque permite observar cómo un delincuente real puede convertirse en personaje del imaginario colectivo. Detrás del mito hubo víctimas concretas, investigaciones muy precarias y una sociedad que intentaba explicar una violencia serial para la que todavía no existía un lenguaje criminológico moderno.