Manuel Blanco Romasanta pasó a la historia como el «hombre lobo de Allariz». En la Galicia del siglo XIX fue acusado de varias muertes y, durante el proceso, sostuvo que una maldición lo transformaba en lobo. El caso convirtió un expediente criminal en una leyenda que todavía hoy mezcla hechos probados, superstición y folclore.
Romasanta era vendedor ambulante y conocía caminos, aldeas y montes. Varias personas que habían viajado con él desaparecieron. Con el tiempo, las sospechas se concentraron sobre un hombre que ofrecía explicaciones contradictorias acerca del destino de quienes habían partido a su lado.
Las desapariciones
Familias de mujeres y niños comenzaron a preguntar por sus seres queridos. Romasanta aseguraba que habían seguido viaje o que se encontraban trabajando lejos. Algunas cartas atribuidas a los desaparecidos despertaron todavía más sospechas.
Cuando fue detenido, la investigación trató de reconstruir una cadena de muertes ocurridas durante años en zonas rurales donde resultaba muy difícil verificar movimientos y testimonios.
La confesión del «hombre lobo»
Durante los interrogatorios, Romasanta admitió varias muertes pero afirmó que actuaba bajo una transformación animal provocada por una maldición. Su relato convirtió el juicio en un acontecimiento extraordinario.
La justicia tuvo que decidir si estaba ante un asesino plenamente responsable, un enfermo mental o un hombre dominado por creencias delirantes. El debate anticipó cuestiones que más tarde serían centrales para la psiquiatría forense.
Condena y conmutación
Fue condenado a muerte, pero la pena acabó siendo conmutada por prisión. El interés científico por su caso influyó en la decisión y convirtió a Romasanta en objeto de estudio además de reo.
Entre la realidad y la leyenda
Con el paso del tiempo, su historia fue exagerada y transformada. Se le atribuyeron crímenes cuya relación con él es discutida y se difundieron versiones sobre grasa humana, licantropía y rituales que no siempre pueden separarse de la prensa sensacionalista.
Lo que sí permanece es un caso excepcional: un acusado de asesinato que convirtió su defensa en un relato de metamorfosis y obligó a la justicia española del siglo XIX a preguntarse dónde terminaba la superstición y dónde empezaba la responsabilidad criminal.