Entre 1987 y 1988, Santander quedó atrapada por una cadena de crímenes cometidos contra mujeres de edad avanzada que vivían solas. El responsable fue José Antonio Rodríguez Vega, que consiguió ganarse la confianza de sus víctimas antes de atacarlas.
La investigación acabó atribuyéndole 16 asesinatos probados. En varios de los casos también se acreditaron agresiones sexuales, abusos y robos. El patrón común era la vulnerabilidad de las víctimas y la capacidad del agresor para entrar en sus domicilios sin despertar inicialmente sospechas.
El juicio se celebró en 1991. La Audiencia Provincial consideró probado que Rodríguez Vega había asesinado a las 16 mujeres y le impuso penas que sumaban 440 años de prisión, además de indemnizaciones para los familiares.
Los peritos psiquiátricos lo describieron como una personalidad psicopática, fría y plenamente responsable de sus actos. La sentencia rechazó que existiera una alteración mental que redujera su culpabilidad.
El caso se convirtió en uno de los mayores procesos por asesinatos en serie celebrados en España. Rodríguez Vega había salido de prisión condicional poco antes de comenzar los crímenes, después de cumplir condenas anteriores relacionadas con delitos sexuales.
En 2002 murió asesinado en la prisión de Topas, Salamanca. Su nombre quedó unido para siempre al apodo de «el Mataviejas de Santander» y a una de las secuencias criminales más graves de la España contemporánea.