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El Caso, noticias nacionales de sucesos con origen en Málaga

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Cantabria

El Mataviejas de Santander: 16 asesinatos de ancianas y una condena de 440 años

José Antonio Rodríguez Vega, el Mataviejas de Santander, fue condenado a 440 años por 16 asesinatos de mujeres mayores cometidos entre 1987 y 1988.

Portada de El Caso Málaga sobre José Antonio Rodríguez Vega, el Mataviejas de Santander
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Entre 1987 y 1988, Santander quedó atrapada por una cadena de asesinatos que durante meses pasaron casi inadvertidos. Las víctimas eran mujeres de edad avanzada, muchas de ellas vivían solas y varias fueron halladas en sus domicilios en circunstancias que inicialmente parecían compatibles con una muerte natural. Detrás de aquella sucesión estaba José Antonio Rodríguez Vega, conocido como «el Mataviejas de Santander», condenado en 1991 por 16 asesinatos.

La dimensión del caso convirtió a Rodríguez Vega en uno de los asesinos en serie con mayor número de víctimas judicialmente probadas en España. Su método se apoyaba menos en la fuerza inmediata que en una estrategia de aproximación: observaba a mujeres vulnerables, ganaba su confianza y conseguía entrar en sus casas presentándose como una persona útil, amable o capaz de resolver pequeños problemas domésticos.

Un agresor con antecedentes

Antes de los asesinatos, Rodríguez Vega ya había sido condenado por delitos sexuales. Había ingresado en prisión siendo muy joven y cumplió parte de una larga pena antes de recuperar la libertad en 1986. Poco después comenzó la serie de homicidios que acabaría sacudiendo Santander.

Ese antecedente resulta esencial para comprender la posterior investigación. Cuando la policía empezó a relacionar varias muertes, el perfil de un agresor con historial de violencia sexual y capacidad para ganarse la confianza de las víctimas se convirtió en una de las claves.

Las víctimas: mujeres mayores que vivían solas

Los crímenes se concentraron entre 1987 y 1988. Las víctimas tenían entre 61 y 93 años y residían en Santander o en localidades próximas. Muchas llevaban una vida rutinaria y relativamente aislada, lo que facilitaba al agresor estudiar sus costumbres y acercarse sin llamar la atención.

Rodríguez Vega se hacía pasar, según la investigación, por reparador, técnico, albañil o incluso por alguien dispuesto a ayudar con pequeñas tareas. Esa apariencia de normalidad reducía las defensas de las mujeres y le permitía acceder a espacios privados sin forzar puertas ni provocar de inmediato sospechas en los vecinos.

Muertes que parecían naturales

Uno de los aspectos más inquietantes del caso fue que algunas víctimas fueron encontradas en sus camas y cuidadosamente colocadas. En un primer momento, familiares e incluso quienes intervinieron tras los fallecimientos no siempre detectaron signos evidentes que llevaran a pensar en un asesinato.

La falta de conexión aparente entre las muertes retrasó la identificación de una serie. En aquella época no existían las herramientas informáticas y de análisis criminal actuales, y la idea de que un mismo hombre pudiera estar entrando en casas de ancianas de distintos barrios para matarlas tardó en consolidarse.

La habitación de los «trofeos»

La investigación dio un salto cuando la policía registró el domicilio de Rodríguez Vega. Allí aparecieron numerosos objetos procedentes de las víctimas. Aquellas pertenencias, algunas aparentemente insignificantes, resultaron decisivas porque permitieron a familiares reconocer objetos que habían pertenecido a mujeres fallecidas.

Los investigadores comprendieron entonces que no se enfrentaban a unos pocos hechos aislados. El conjunto de objetos funcionaba como un mapa de la actividad criminal del sospechoso y permitió reabrir o revisar muertes que inicialmente no habían sido tratadas como homicidios.

Dieciséis asesinatos probados

El proceso judicial terminó estableciendo 16 asesinatos. La sentencia de la Audiencia Provincial de Santander consideró probado que Rodríguez Vega había matado a 16 mujeres y le impuso penas que sumaban 440 años de prisión, además de condenas por otros delitos y de fuertes indemnizaciones a los herederos de las víctimas.

La cifra es especialmente relevante porque, a diferencia de otros casos de la crónica negra española rodeados de confesiones dudosas o crímenes atribuidos sin sentencia, los 16 asesinatos de Rodríguez Vega quedaron recogidos como hechos probados por un tribunal.

El juicio de 1991

La vista se celebró en noviembre de 1991. Durante el proceso declararon psiquiatras y médicos forenses que analizaron su personalidad y su capacidad para comprender la gravedad de sus actos. La defensa intentó sostener que padecía una alteración mental que debía reducir o excluir su responsabilidad.

La Audiencia rechazó esa tesis. Los especialistas lo describieron como una persona con rasgos psicopáticos y una personalidad profundamente anómala, pero no como alguien incapaz de distinguir el bien del mal. El tribunal concluyó que era plenamente responsable de los asesinatos.

La frialdad que impresionó al tribunal

La actitud de Rodríguez Vega durante el juicio llamó especialmente la atención. La sentencia recogió su comportamiento ante los medios y la ausencia aparente de vergüenza o remordimiento. Esa frialdad contribuyó a construir la imagen pública de un agresor metódico, capaz de mantener una fachada social ordinaria mientras llevaba una doble vida criminal.

Sin embargo, reducir el caso a su personalidad sería perder de vista lo esencial: durante meses, muchas víctimas quedaron fuera de una investigación criminal porque sus muertes parecían naturales. El caso evidenció la necesidad de revisar con mayor atención fallecimientos inesperados cuando existen elementos comunes entre ellos.

Una investigación construida a partir de objetos y patrones

El reconocimiento de pertenencias por parte de las familias y la comparación entre los casos permitieron reconstruir una secuencia que hasta entonces estaba dispersa. Los investigadores relacionaron domicilios, rutinas, edades de las víctimas y objetos sustraídos.

La investigación también mostró cómo un asesino serial puede aprovechar estereotipos sociales. Las mujeres mayores que vivían solas no eran vistas inicialmente como objetivos típicos de un homicida organizado. Esa percepción favoreció que varios crímenes pasaran bajo el radar.

La vida en prisión y su muerte en Topas

Rodríguez Vega pasó por distintas prisiones españolas. El 24 de octubre de 2002 fue asesinado por dos internos en el centro penitenciario de Topas, en Salamanca. Cumplía todavía la condena impuesta por los 16 asesinatos.

Su muerte cerró la trayectoria personal del condenado, pero no el impacto del caso. Las familias de las víctimas habían esperado años para que algunas de aquellas muertes fueran reconocidas como asesinatos y para que se identificara a un responsable.

Por qué el caso sigue siendo estudiado

El Mataviejas de Santander sigue apareciendo en estudios y reconstrucciones de la criminalidad española por varias razones: el elevado número de víctimas, la selección de mujeres vulnerables, la capacidad del agresor para generar confianza y el hecho de que varias muertes fueran confundidas inicialmente con fallecimientos naturales.

También es un caso que obliga a pensar en la importancia de la medicina forense, la coordinación policial y la revisión de patrones. Un solo indicio aislado puede parecer irrelevante; dieciséis casos con semejanzas empiezan a dibujar una estructura. En Santander, esa estructura tardó demasiado en hacerse visible.

Fuentes consultadas