Málaga, 6 de abril de 1987. David Guerrero Guevara salió de su casa en la barriada 25 Años de Paz con una bolsa vaquera de pintura, un bonobús y su carné escolar. Tenía 13 años —aunque algunas crónicas publicadas en los primeros años del caso le atribuyeron 14— y aquella tarde debía desplazarse al centro de Málaga por una razón que para él era especial: su talento empezaba a llamar la atención fuera de las clases de dibujo. Uno de sus trabajos, un Cristo de la Buena Muerte, formaba parte de una exposición colectiva en la galería La Maison y estaba prevista una entrevista con el periodista Paco Fadón, de Radio Popular. Después debía continuar hasta su clase de pintura. No regresó.
Desde ese momento, la historia de David quedó dividida en dos partes muy distintas. La primera puede reconstruirse con bastante precisión: su familia, su colegio, la pintura, la exposición, la hora aproximada de salida y el itinerario que tenía previsto. La segunda continúa abierta casi cuatro décadas después. No existe un relato probado de lo que ocurrió después de que abandonara su domicilio; tampoco una prueba material que permita sostener con certeza una fuga, un accidente, un secuestro o la intervención de una persona concreta.
Ese vacío explica por qué el caso del Niño Pintor de Málaga ha acumulado hipótesis, avistamientos, cartas anónimas, testimonios tardíos y líneas de investigación que durante años parecieron decisivas y terminaron desinflándose. Este reportaje reconstruye esas piezas separando lo acreditado de lo que nunca pudo demostrarse.
Antes del misterio: quién era David Guerrero
David era alumno del colegio Divino Pastor y su nombre empezaba a circular en Málaga por una habilidad poco común para el dibujo y la pintura. Los testimonios recogidos desde 1987 coinciden en describir a un muchacho serio, reservado y muy dedicado a su afición. La pintura no era un pasatiempo ocasional: ocupaba una parte importante de su rutina y de la vida familiar.
Sus padres, Jorge Guerrero y Antonia Guevara, y sus hermanos Jorge y Raúl formaban el núcleo que, después de la desaparición, sostendría durante décadas la búsqueda. El talento artístico también estaba presente en el entorno familiar. David recibía formación pictórica y había alcanzado un nivel suficiente para que una galería malagueña aceptara una obra suya en una colectiva dedicada a la Semana Santa.
La exposición de La Maison marcó un salto simbólico. El viernes 3 de abril de 1987, tres días antes de desaparecer, David asistió a la inauguración. La hemeroteca de EL PAÍS recoge que había pintado un Cristo de la Buena Muerte y que sus profesores lo recordaban contento y, al mismo tiempo, nervioso por la responsabilidad que suponía ver su trabajo expuesto. Décadas después, una muestra impulsada por sus hermanos y respaldada por el Ayuntamiento de Málaga volvió a enseñar al público una parte de su obra, y el documental La exposición, presentado en el Festival de Málaga en 2023, quiso recuperar precisamente esa dimensión: la del niño y el artista que existían antes de que su nombre quedara asociado a un expediente policial.
Por eso el apodo de “Niño Pintor” no nació como una etiqueta construida a posteriori para el caso. David ya destacaba por su pintura y la desaparición convirtió ese rasgo biográfico en la forma con la que Málaga acabaría recordándolo.
El 6 de abril de 1987: las últimas horas que sí pueden reconstruirse
Aquel lunes David fue al colegio. Las informaciones publicadas en los días y meses posteriores señalan que sus profesores no apreciaron nada especialmente anómalo, aunque él comentó a un compañero que le dolían la cabeza y el estómago y no quiso comerse el bocadillo. Ya por la tarde, en casa, volvió a rechazar la merienda habitual y tomó un yogur.
Entre las 18.30 y las 18.40 horas, según las reconstrucciones más repetidas, se preparó para salir. Llevaba sus útiles de pintura, el bonobús y el carné escolar. El primer objetivo era desplazarse desde Huelin hacia el centro. La parada del mercado de Huelin quedaba a una distancia corta del domicilio familiar; desde allí debía tomar un autobús hasta la zona de Muelle Heredia y caminar hacia La Maison, entonces situada en la calle Duquesa de Parcent.
La entrevista de La Maison y la clase de pintura
En la galería lo esperaba Paco Fadón, director de Radio Popular en Málaga, para entrevistarlo por la exposición. Después David tenía previsto acudir a la academia de pintura vinculada a la peña El Cenachero, en el centro de la ciudad. Al terminar, su padre debía recogerlo, como hacía habitualmente.
La versión que durante años quedó fijada en la investigación oficial fue contundente: David salió de casa y no llegó ni a la entrevista de La Maison ni a la clase. Su padre acudió a buscarlo y comprobó que no estaba donde debía. Esa versión aparece en la hemeroteca contemporánea y se mantuvo durante décadas como el último punto seguro del recorrido.
Sin embargo, las revisiones privadas impulsadas muchos años después por su hermano Jorge y el periodista Daniel Carretero localizaron testimonios que complicaron esa cronología. Encontraron referencias a una nota del Gobierno Civil según la cual David habría sido visto en la parada del mercado de Huelin y recogieron la declaración de un antiguo delegado sindical que sostuvo haberlo observado de pie dentro de un autobús. También recuperaron el testimonio del pintor Rafael Jaime Calderón, quien afirmó haber coincidido con David en La Maison aquella tarde.
Aquí es imprescindible separar dos planos. Esos testimonios existen y fueron comunicados públicamente, pero no equivalen a una constatación policial indiscutida de que David completara el trayecto. RTVE recogió en 2020 esas contradicciones cuando la Policía Nacional volvió a revisar el expediente. El propio hecho de que la cronología admita versiones distintas es uno de los problemas centrales del caso: si David nunca llegó al centro, la desaparición pudo producirse a escasos metros de su casa; si llegó a La Maison o incluso al entorno de El Cenachero, el escenario cambia por completo.
Una investigación que comenzó sin escena del crimen
La alarma se activó cuando David no apareció al final de la tarde. Familiares, amigos y policías comenzaron una búsqueda que se extendió después por Málaga, otros puntos de España y varios países. Pero faltaba desde el principio lo que en muchas investigaciones permite ordenar las primeras horas: no había una escena de violencia, una llamada de rescate, una prenda abandonada, una nota inequívoca ni un testigo que describiera una captación o un accidente.
Esa ausencia de indicios físicos convirtió el expediente en un problema de hipótesis. Casi cualquier explicación era inicialmente posible y, al mismo tiempo, ninguna podía sostenerse durante mucho tiempo sin pruebas.
La fuga voluntaria
Una de las primeras posibilidades estudiadas fue que David se hubiera marchado por decisión propia. La hipótesis aparece en la prensa de los primeros años y volvió a ganar peso cuando surgió la pista del ciudadano suizo. La familia la rechazó desde el comienzo: describía a David como un menor muy unido a los suyos, sin conflictos conocidos que explicaran una ruptura radical y sin preparación aparente para empezar otra vida.
Con el paso del tiempo, la fuga voluntaria perdió fuerza. No aparecieron movimientos de dinero, pertenencias preparadas, contactos previos, mensajes de despedida ni una trayectoria posterior verificable. Eso no permite demostrar qué sucedió, pero sí explica por qué esa línea dejó de ser una respuesta convincente.
Un accidente sin rastro
También se contempló que hubiera sufrido un accidente o un episodio que le impidiera identificarse o regresar. Era una posibilidad lógica ante una desaparición repentina, pero tampoco produjo un encaje material. No apareció un ingreso hospitalario compatible, un cadáver identificado posteriormente como David ni una evidencia física que situara un accidente en su recorrido previsto. Con los años se realizaron cotejos con hallazgos de personas sin identificar, pero las comprobaciones conocidas no dieron resultado.
Secuestro o intervención de terceros
La familia sostuvo muy pronto que David pudo haber sido engañado por alguien a quien conocía o en quien confiaba. Esa idea no requiere imaginar necesariamente una sustracción violenta en plena calle: un menor puede abandonar su recorrido acompañado de una persona conocida sin que la escena llame la atención. La ausencia de una petición de rescate hizo que un secuestro económico clásico resultara difícil de sostener, pero no descartaba otras formas de captación.
Durante años circularon teorías sobre redes criminales, explotación sexual e incluso tráfico de órganos. Fueron investigadas o consideradas en distintos momentos, pero no produjeron pruebas que conectaran a David con esas actividades. Por eso deben permanecer donde corresponden: en el terreno de las líneas exploradas, no en el de los hechos probados.
La hipótesis vinculada al mundo del arte
El talento del menor alimentó una teoría especialmente llamativa: que hubiera sido captado para aprovechar su capacidad artística, incluso en relación con falsificaciones o producción de obras. La posibilidad aparece en reconstrucciones policiales y periodísticas de aquellos años y se vinculó a contactos del ambiente artístico, a personas extranjeras y a la posterior pista portuguesa.
La Policía realizó comprobaciones sobre personas relacionadas de una u otra forma con ese entorno. Décadas después, algunos reportajes han recuperado nombres y sospechas concretas, pero no existe una resolución judicial ni una prueba pública que permita afirmar que una red de falsificación, un galerista o un artista determinado estuviera detrás de la desaparición. La historia resulta verosímil porque parte de una característica real —el talento de David—, pero la verosimilitud no sustituye a la evidencia.
Lisboa: la pista internacional que movilizó a la Policía
En 1987 comenzaron a llegar avisos que situaban al Niño Pintor en Portugal. El episodio más relevante llevó a dos agentes de la Brigada Judicial de Málaga hasta Lisboa. La crónica de EL PAÍS del 9 de octubre de 1987 refleja una contradicción que resume bien el problema: los policías españoles regresaron sin resultados, mientras fuentes de la Policía Judicial portuguesa afirmaban que testigos creían haber visto al menor en la capital lusa.
Se habló de un chico parecido a David que pintaba en la calle y que habría estado acompañado por otros jóvenes. También un trabajador del ferrocarril creyó reconocer a un menor con características similares en un tren de la línea Irún-Lisboa. Las llamadas continuaron durante meses.
Más adelante se investigó el relato de una pareja española que, durante un viaje por Portugal, creyó ver a un adolescente pintando en la calle y llegó a obtener imágenes. La comparación terminó descartando que aquel muchacho fuera David. La pista portuguesa, pese a su enorme impacto, nunca produjo una identificación positiva.
Con el tiempo hubo avisos en otros países y ciudades. Se habló de Italia, Marruecos, Bélgica, Alemania, México y diferentes puntos de España. Ningún avistamiento se convirtió en una prueba fiable de supervivencia o paradero. El propio expediente judicial de la declaración de fallecimiento recogió años después que no constaba noticia alguna que pudiera considerarse fiable desde el 6 de abril de 1987.
Rudolf Eschmann, “el suizo”, y la servilleta de Los Naranjos
En 1990 apareció la línea que durante décadas concentraría la mayor atención mediática. Una empleada del hotel Los Naranjos contó a la Policía que, aproximadamente tres años antes, había visto en la habitación de un huésped suizo un papel o servilleta con una anotación relacionada con el menor: “David Guerrero Guevara. Huelín”, según las versiones publicadas después.
La habitación había sido ocupada por Rudolf Eschmann, un ciudadano suizo de unos 70 años, aficionado a la fotografía y que acostumbraba a retratar personas —también menores— en la calle. La trabajadora tardó años en comunicar el hallazgo, según explicó, por miedo a verse implicada en un asunto que le inquietaba. Cuando la Policía pudo tirar de ese hilo, Eschmann ya había fallecido.
La importancia de la servilleta debe medirse con precisión. El testimonio de la empleada existió y originó diligencias, pero no se conserva una servilleta incorporada como prueba física que pueda hoy peritarse. Lo que llegó a los investigadores fue el relato tardío de lo que la mujer dijo haber visto. Eso dio valor indiciario a la pista, no valor probatorio definitivo.
Agentes españoles viajaron a Suiza y pudieron revisar, con colaboración de la familia del fallecido, un amplio archivo fotográfico. Aparecieron numerosos retratos realizados por Eschmann, pero ninguno de David. La investigación tampoco localizó en ese material una prueba de que ambos hubieran estado juntos.
La prensa de 1990 llegó a presentar al suizo como la persona que pudo haber ayudado al menor a abandonar voluntariamente su casa. Con los años, sin embargo, esa formulación ha sido matizada de forma importante. En 2019, un policía que había trabajado durante décadas en el caso explicó a EL PAÍS que Eschmann nunca fue considerado formalmente sospechoso en el sentido que después popularizaron algunos titulares. Hubo una línea de investigación intensa; no hubo una acusación demostrada.
La caricatura: una pieza que desapareció y volvió 32 años después
Antes de desaparecer, David había regalado a su compañera Gema Calderón una caricatura de un hombre mayor. Cuando el caso comenzó, el dibujo fue entregado a la Policía porque podía tener interés. Años más tarde, al conocerse fotografías de Rudolf Eschmann, algunos investigadores y medios creyeron apreciar semejanzas entre el rostro del suizo y el personaje dibujado.
La historia dio un giro extraño en octubre de 2019. Gema encontró la caricatura en su buzón entre correspondencia y publicidad. Reconoció el papel, la letra y la marca de la chincheta con la que lo había tenido colgado de niña. Acudió a la Comisaría Provincial acompañada por un hermano de David y entregó de nuevo el dibujo.
La reaparición era relevante por dos razones. Primero, porque un objeto que había estado relacionado con el expediente policial volvía a manos de su antigua propietaria sin una explicación clara de quién lo había depositado allí. Segundo, porque permitía aplicar nuevas técnicas sobre una pieza que durante décadas había sido citada en relación con la pista suiza.
La Policía realizó comprobaciones sobre el papel y volvió a tomar declaraciones. La pregunta sobre quién devolvió la caricatura no obtuvo una respuesta pública concluyente. La posibilidad de que hubiera pasado por distintas manos a lo largo de treinta años también fue planteada por investigadores veteranos, lo que obliga a no convertir su regreso en una prueba de participación criminal.
El informe de 2023 que desmontó una asociación histórica
En febrero de 2023 trascendió una de las conclusiones técnicas más importantes de la revisión moderna. Especialistas de Policía Científica analizaron la fisonomía, los trazos y la forma en que David representaba rostros en su obra. El resultado fue claro: la caricatura no pretendía representar a Rudolf Eschmann.
Esa conclusión es decisiva porque durante años el supuesto parecido había servido para enlazar dos elementos distintos: el dibujo y la servilleta del hotel. El análisis no demuestra quién era el hombre caricaturizado ni explica por qué apareció el nombre de David en la habitación según la empleada. Lo que sí hace es eliminar una identificación que se había repetido tantas veces que, para parte de la opinión pública, había terminado adquiriendo apariencia de hecho.
Por eso hoy no es correcto presentar a Eschmann como “el hombre dibujado por David” ni dar por probado que conociera al menor. La pista existió; se investigó; su archivo fotográfico fue revisado; la servilleta fue relatada por una testigo; y el estudio de 2023 concluyó que el retrato no era él. Son afirmaciones distintas y conviene mantenerlas separadas.
“Gervasio”: un nombre anónimo que volvió a mover el expediente
Antes de la reaparición de la caricatura, la familia recibió otro elemento desconcertante. En 2018 y 2019 se conoció la existencia de una comunicación anónima que pedía abandonar otras pistas y centrar la atención en la peña El Cenachero. El texto mencionaba a un hombre llamado “Gervasio” y sostenía, sin aportar una prueba verificable, que lo ocurrido había sido planeado y que David conocía a quienes lo esperaban.
La familia y personas que colaboraban en la investigación privada realizaron llamamientos para identificar a alguien con ese nombre. Tras la difusión mediática aparecieron personas que decían recordar a un Gervasio vinculado al entorno de la peña, pero no aportaron un apellido capaz de fijar una identidad única. También se recibieron decenas de llamadas con informaciones diversas.
RTVE llevó el caso a televisión en abril de 2019. Antonia Guevara explicó entonces que no conocía a ningún Gervasio y que no recordaba haber oído a su hijo hablar de alguien con ese nombre. La Policía revisó la información y tomó declaraciones. Años después, reconstrucciones periodísticas señalaron que se identificó y entrevistó a varias personas relacionadas con esa línea, sin obtener pruebas que permitieran atribuirles la desaparición.
El punto esencial es el origen: “Gervasio” nace de un mensaje anónimo. Que una pista sea investigada no convierte en verdadero el contenido del anónimo. Hasta hoy no se ha hecho pública una evidencia material que vincule a una persona con ese nombre con la desaparición de David.
Avistamientos, llamadas y personas que decían ser David
La exposición pública del caso generó durante décadas un flujo continuo de comunicaciones. Hubo quienes aseguraron haber visto a David en Portugal o en otros países, quienes afirmaron conocer su paradero y quienes llegaron a ponerse en contacto con la familia haciéndose pasar por él. Cada aviso obligaba a comprobar una posibilidad y, al mismo tiempo, añadía ruido a una investigación ya condicionada por la falta de una pista inicial firme.
Los avistamientos más conocidos fueron contrastados sin éxito. La propia experiencia portuguesa de 1987 demuestra la dificultad: testigos convencidos de haber visto al menor, policías movilizados entre dos países y, finalmente, ninguna localización. En una época sin cámaras de videovigilancia extendidas, sin teléfonos móviles y sin bases de datos interoperables como las actuales, verificar a posteriori la presencia de una persona en una ciudad extranjera era mucho más difícil.
Eso no significa que todas las comunicaciones fueran falsas de manera deliberada. Algunas pudieron ser errores de buena fe ante el parecido físico de un adolescente. Otras, sencillamente, no pudieron comprobarse. Ninguna ha permitido reconstruir qué ocurrió el 6 de abril.
Restos humanos que obligaron a comprobar y terminaron descartados
En investigaciones de desapariciones de larga duración, la aparición de restos o cadáveres sin identificar obliga a realizar cotejos. En el caso de David, el episodio mejor documentado es el de unos restos localizados en la zona de Gibralfaro, en Málaga. Durante un tiempo existió la posibilidad de que pudieran corresponder al Niño Pintor.
La comparación genética terminó descartándolo. La Policía había tomado muestras de ADN de familiares precisamente para poder resolver este tipo de dudas. Ese resultado cerró una hipótesis concreta, pero dejó intacta la pregunta principal.
Distintos relatos sobre el caso han mencionado otros hallazgos revisados con el paso de los años. Sin embargo, la información pública no permite atribuir a todos ellos el mismo grado de documentación. Por rigor, no debe construirse una relación de supuestos restos vinculados a David cuando no existen fuentes sólidas que confirmen cada cotejo. Lo acreditado es que se hicieron comprobaciones de identificación y que, cuando hubo resultados concluyentes, fueron negativos.
2019-2023: volver al principio con herramientas que no existían en 1987
En abril de 2019, la Comisaría Provincial decidió retomar de forma activa una investigación que llevaba años prácticamente encallada. RTVE informó en 2020 de que un nuevo equipo estaba reconstruyendo paso a paso el expediente, revisando documentación y contrastando de nuevo declaraciones.
La lógica de una revisión de este tipo es distinta a la de 1987. Ya no se parte de una urgencia de horas, sino de un archivo de décadas: nombres mencionados una vez, testigos que quizá nunca fueron localizados, fechas que aparecen de forma contradictoria, fotografías, documentos y datos que pueden cruzarse con bases policiales actuales.
En 2023 trascendió la dimensión de ese trabajo. La Policía Nacional había elaborado una relación de más de 700 identidades vinculadas de alguna manera a las distintas líneas del caso para volver a estudiarlas con herramientas modernas. Las informaciones publicadas entonces hablaban además de más de un centenar de nuevos testimonios incorporados al expediente entre familiares, testigos y personas relacionadas con las pesquisas.
Esas cifras no significan que hubiera 700 sospechosos. El matiz es fundamental. Una identidad puede figurar en una revisión porque fue testigo, familiar, empleado de un establecimiento, alumno de una academia, contacto de otra persona o simplemente un nombre que apareció en una diligencia. Convertir ese listado en “700 sospechosos” deformaría el alcance real del trabajo policial.
La conclusión científica sobre la caricatura fue uno de los frutos visibles de esa revisión. Otras comprobaciones no han producido, al menos públicamente, una pista capaz de cerrar el expediente.
La declaración legal de fallecimiento: un trámite, no una solución
En 2016 la familia tuvo que afrontar un episodio especialmente doloroso. Tras la muerte de Jorge Guerrero, padre de David, la situación jurídica del desaparecido impedía resolver con normalidad cuestiones hereditarias. Antonia Guevara solicitó entonces la declaración de fallecimiento de su hijo.
El procedimiento está documentado oficialmente. El Boletín Oficial del Estado publicó el edicto del Juzgado de Primera Instancia número 8 de Málaga, expediente 6/16, haciendo constar que no se tenían noticias de David desde el 6 de abril de 1987.
El juzgado fijó como fecha legal de fallecimiento el 6 de abril de 1997, diez años después de la desaparición, conforme al plazo aplicable. Esa declaración permitió resolver el problema civil de la herencia.
No significa que un juez determinara que David murió ese día, ni dónde, ni cómo. Tampoco implica que apareciera un cuerpo o una nueva prueba. Es una figura jurídica para dar respuesta a las consecuencias civiles de una ausencia prolongada. La propia documentación difundida entonces señalaba que la desaparición continuaba en los archivos policiales.
La familia: casi cuatro décadas sosteniendo la misma pregunta
La desaparición modificó para siempre la vida de los Guerrero Guevara. En los primeros meses, la familia convirtió la búsqueda en una tarea diaria. Jorge Guerrero acudía una y otra vez a comisaría. Antonia atendía cualquier llamada que pudiera contener una pista. Los hermanos crecieron con una ausencia que nunca se convirtió en una explicación.
La ciudad respondió con una movilización excepcional. El 5 de diciembre de 1987, unas 10.000 personas recorrieron el centro de Málaga para reclamar que la búsqueda no se abandonara. Los padres y los hermanos de David encabezaron la marcha. La liberación, semanas antes, de Mélodie Nakachian tras su secuestro en la Costa del Sol había sensibilizado todavía más a una sociedad malagueña pendiente de los casos de menores.
Con el paso de los años, el sufrimiento adoptó otras formas: aceptar comprobaciones que terminaban en nada, escuchar teorías cada vez más extremas, someterse a cotejos genéticos, recibir llamadas falsas y, finalmente, pedir una declaración de fallecimiento que era necesaria administrativamente pero no ofrecía ninguna respuesta emocional.
La familia también ha trabajado para conservar la identidad de David más allá del misterio. La exposición de sus dibujos y pinturas y el documental dedicado a su vocación artística son parte de ese esfuerzo. Frente a un expediente que tiende a reducir a una persona a la fecha en la que desapareció, sus obras recuerdan que antes del 6 de abril de 1987 había un adolescente con una vida concreta y un talento reconocido.
Qué sabemos realmente y qué sigue sin demostrarse
Está confirmado que David Guerrero salió de su casa en Málaga la tarde del 6 de abril de 1987 con la intención de desplazarse al centro, donde tenía compromisos vinculados a la pintura. Está confirmado que no regresó y que desde entonces no existe una localización fiable. También está acreditado que hubo investigaciones en Portugal y Suiza, que una trabajadora del hotel Los Naranjos declaró sobre una anotación con su nombre, que la caricatura de Gema Calderón reapareció en 2019, que la Policía retomó el caso y que el análisis de Policía Científica de 2023 concluyó que el personaje dibujado no era Rudolf Eschmann.
Está documentado como testimonio, no como hecho indiscutido, que David pudo haber sido visto en la parada, dentro de un autobús, en La Maison o en el entorno posterior de sus clases. Son versiones recuperadas o difundidas años después y, en algunos casos, contradicen la reconstrucción oficial mantenida durante décadas.
No está demostrado que David huyera voluntariamente, que fuera secuestrado por una red de falsificadores, que Eschmann se lo llevara, que el anónimo de “Gervasio” dijera la verdad o que alguno de los avistamientos internacionales correspondiera realmente a él.
Se ha descartado, por análisis fisionómico, que la célebre caricatura representara a Rudolf Eschmann. También se descartó mediante pruebas de identificación que los restos de Gibralfaro atribuidos provisionalmente al caso fueran de David, y se descartaron avistamientos concretos después de las comprobaciones.
Lo que permanece abierto es precisamente lo esencial: cuál fue el último punto comprobable de su recorrido, si una tercera persona intervino, qué valor real tenía la anotación vista en Los Naranjos, quién devolvió la caricatura en 2019 y por qué, y qué ocurrió después de que un adolescente de 13 años saliera de casa con una bolsa de pintura.
Un caso que ya forma parte de la crónica negra española
La desaparición del Niño Pintor pertenece a una generación de casos que España conoció antes de las redes sociales, antes de los sistemas actuales de alerta y antes de que la tecnología permitiera seguir casi en tiempo real el rastro de una persona. Esa distancia tecnológica ayuda a entender algunas carencias del expediente, pero no explica por sí sola que el rastro sea tan escaso.
En Málaga, el nombre de David Guerrero se mantiene unido a una imagen concreta: la de un niño que dibujaba con una facilidad extraordinaria y que salió de una barriada de Huelin para recorrer un trayecto cotidiano. En la Crónica Negra de El Caso Málaga, su historia ocupa un lugar distinto al de un crimen resuelto o una condena judicial. Aquí no hay autor identificado, móvil probado ni desenlace.
Hay, en cambio, una investigación que ha sobrevivido a décadas de archivos y reaperturas, una familia que nunca recibió una explicación y una ciudad que llegó a llenar sus calles reclamando respuestas. También hay una obligación periodística: no rellenar con certezas lo que la investigación no ha podido demostrar.
Casi cuatro décadas después, la pregunta permanece exactamente donde empezó. ¿Qué ocurrió con David Guerrero Guevara después de salir de casa el 6 de abril de 1987? Hasta que aparezca una prueba capaz de responderla, todo lo demás —por atractivo, extraño o repetido que resulte— seguirá siendo una hipótesis.
El Caso Málaga mantiene una sección específica de personas desaparecidas y actualiza sus reportajes cuando aparecen datos documentados que modifican el estado de una investigación.