Coín (Málaga), agosto de 2003. La desaparición de Sonia Carabantes, de 17 años, movilizó a todo un municipio y terminó provocando un giro histórico en otro de los grandes casos de la crónica negra española: el asesinato de Rocío Wanninkhof.
La última noche de la feria
Sonia desapareció en la madrugada del 14 de agosto de 2003 cuando regresaba a casa después de haber estado en la feria de Coín. Su ausencia fue denunciada y se organizó un dispositivo de búsqueda mientras familiares y vecinos trataban de reconstruir sus últimos pasos.
Cinco días después fue localizado su cuerpo. La investigación se concentró desde el primer momento en obtener cualquier rastro biológico que permitiera identificar a la persona responsable.
El ADN abrió una puerta inesperada
Los análisis permitieron obtener un perfil genético masculino. Ese perfil se comparó con muestras existentes en otros casos y los investigadores descubrieron una coincidencia de enorme trascendencia: el mismo ADN estaba relacionado con el escenario del asesinato de Rocío Wanninkhof, cometido en Mijas cuatro años antes.
La conexión obligó a revisar por completo un expediente en el que Dolores Vázquez había sido condenada inicialmente, aunque aquella sentencia ya había sido anulada.
La detención de Tony Alexander King
El 18 de septiembre de 2003 la Policía detuvo a Tony Alexander King, ciudadano británico que residía en la provincia de Málaga. La prueba genética ordenada judicialmente permitió establecer su relación con los dos escenarios investigados.
A partir de ahí, el caso Sonia Carabantes dejó de ser únicamente la investigación de un crimen reciente y pasó a convertirse en la pieza que permitía explicar también un asesinato cometido años antes.
Una condena por el asesinato de Sonia
El juicio por la muerte de Sonia se celebró en 2005 en Málaga. Tony King fue condenado a 36 años de prisión. Posteriormente también sería juzgado y condenado por el asesinato de Rocío Wanninkhof.
El caso que evidenció la importancia de la ciencia forense
La investigación de Sonia Carabantes se convirtió en uno de los ejemplos más conocidos en España del valor del ADN para relacionar delitos cometidos en momentos y lugares distintos. Una muestra biológica fue capaz de conectar dos investigaciones, corregir el rumbo de una causa judicial previa y señalar a un mismo autor.
Más de dos décadas después, el nombre de Sonia sigue inevitablemente unido al de Rocío Wanninkhof. Pero detrás de esa conexión criminal permanece la historia de una joven de 17 años cuya muerte conmocionó a Coín y cuya investigación cambió para siempre uno de los expedientes policiales más controvertidos de España.